BORRADOR
No hay entre nosotros estado más antiguo y cotidiano que el exilio. Apenas empezamos a ser, la conciencia del abandono de la tierra natal. A solas vamos por ello, cada una y cada uno y todos juntos.
Sobre el exilio, el exilio, hijo predilecto de la modernidad. El mundo al cual Kafka se asomaba con espanto exigió de una buena vez ser y aparentar la pertenencia a un espacio dibujado con absoluta precisión en los mapas y no en el alma.
Sobre el segundo, un tercero, hijo también del monstruo a lo largo de cuatro siglos madurado.
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En los años mil novecientos nadie como México abre tanto las puertas deliberadamente a quienes escapaban de la desgracia absoluta. Quienes así llegan pueden rehacer la vida para sí y sobre todo para sus descendientes, sin substraerse a lo que su literatura se esfuerza en recoger.
Primero, el recuerdo de lo que cada vez más escapa a su memoria y está a las espaldas de la decisión de partir: “los que no han vivido esa experiencia –dice un sobreviviente del fascismo alemán- nunca sabrán lo que fue; los que la han vivido no la contarán nunca; no verdaderamente, no hasta el fondo”. ¿Hay escritura o creación posible después de Awschitz?, se preguntaba Teodoro Adorno. Sandra Lorenzano concluye: “Fragmentos de memoria, poética en ruinas; sólo lo puede testimoniar la imposibilidad como lo dice Lyotard: No puedo encender el fuego, no conozco la plegaria, ya no sé cómo encontrar el sitio en el bosque, ya ni siquiera sé como contar la historia. Lo único que sé hacer es contar que ya no sé cómo contar esa historia”.
Hay allí una experiencia inenarrable, pues, que convierte a quienes escapan de ella, como León Felipe, en llaga pura. Llaga pura a la cual, si se es afortunado como Felipe, le queda “sólo la palabra”:
Hay dos Españas
la del soldado y la del poeta (....)
Esta es la canción del poeta vagabundo
Franco, tuya es la hacienda, la casa, el caballo y la pistola.
Mía es la canción antigua de la tierra.
Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y errante en el mundo...
Las dimensiones del vacío del poeta español las conocerán luego los exilados centroamericanos y sudamericanos:
Las manos (...)
sólo las llena
lo perdido,
se tienden al árbol
que no alcanzan
Son palabras de la guatemalteca Alaíde Foppa, y su compatriota Luis Cardoza y Aragón:
Ya no tengo otro quehacer
Que ver caer la lluvia
Un indultado
Un fraudulento
Un naúfrago soy
Un prorrogado (...)
Yo soy el puro exilio.
¿Cómo decir adios? ¿Se puede decir adios? (... ) ¿Adios sin adios?” Y un segundo: “La desdicha esencial de esta ruptura no puede superarse (... ) Los logros de cualquier exilado están permanentemente carcomidos por su sentido de pérdida”.
¿Qué han visto que los resuelve a aceptar la pérdida?; ¿qué saben o imaginan que sucede mientras ellos salvan el pellejo?, ¿y qué experimentan en la marcha? Jean Francois Steiner recuerda el segundo paso del método científico de los SS de la Alemania nazi para los judíos, al conducir a los de una aldea a una encrucijada entre dos calles:
“-Cuando hemos visto el gentío separarse en dos brazos, todo el mundo se ha preguntado: ¿Qué pasa, qué significa esto? Mi marido me ha dicho que esta noche algunos no dormirán en sus camas. De momento no he comprendido; entonces ha añadido que era el momento de no equivocarse. Quería que yo echase hacia la izquierda con nuestra hijita y él hacia la derecha. Yo no he querido...
“Hemos buscado un indicio que nos señalase la buena dirección (...) El primer soldado que formaba el filo de aquel tejamadar, era un auténtico alemán, alto, rubio, muy guapo. Nos miraba amistosamente, con una leve sonrisa(...) Mi marido me murmuró algo al oído (... ) A la derecha, pronto (... ) Me explicó que cuando le había visto sonreír con conmiseración mirando la oleada que iba a la izquierda, comprendió (... ) No vi llegar el bosque. De pronto gritos, golpes, alambradas, y un hedor terrible”, a pilas de cadáveres, a los cuales los ha conducido la sonrisa del guapo soldado alemán.
“El efectivo de trabajadores judíos en Treblinka –concluye Steiner- era de un millar. El precio de la pensión (...) calculado en cabezas (... ) se elevaba, pues, a quince unidades diarias…”
Se trata de una experiencia que en más o en menos conocerán todos los exilios a México. En las notas de Illia Ehrenburg y de muchos otros sobre la Guerra Civil española, abundan las escenas de este tipo: “Tras el bombardeo una madre encontró una mano de su hija pequeña. La ajustó al torso y empezó a buscar la cabeza”.
Los exilados conocerán esas y otras historias parecidas, vividas por ellos o por quienes conscientemente dejas atrás.
Un hombre representación
A unas cuadras del parque donde Victor Serge respira una dolorosa nostalgia con un dejo de culpa, esa misma noche mi madre, Puri, mira por la ventana del modesto departamento que mi abuela hermosea al único, cálido modo a mano de una mujer que vivírá en la ciudad monstruo sin abandonar su aldea del otro lado del mar –mirar las avenidas pensando en prados y cosechas; hacer compotas, abrir año con año los colchones para airear la lana.
En la esquina, sentada en la banqueta frente al anafre en el cual se asan los frutos de ese prodigioso maíz que Mesoamérica regaló al mundo. No se da cuenta que la figura envuelta en un mágico sarape hizo un trayecto tan largo como el suyo, en tiempo y alma. Puede comprenderse perfectamente. No hay gran diferencia entre ambas: las dos crecieron convencidas de que el mundo era las leguas a su vista, tras las cuales la respiración se suspendería.
Nada saben de Serge, cuyo pasaporte es francés y no dice nada en verdad, pues no hay forma de precisar la nacionalidad de un hombre cuya vida juntan muchos exilios. Su padre fue un suboficial de la caballería rusa, que tuvo que cruzar a nado la frontera con Austria bajo las balas, escapando de la policía política del Zar. Se asentó en Suiza, donde casó con una joven polaca.
Ambos pasaron luego a la capital de Bélgica, donde nació Víctor. Éste tenía 11 años cuando se hermano menor, que no pudo soportar la miserable dieta de un refugiado, “se ponía pálido, se volvía triste”, se apagaba y terminaba consumiéndose en unos días. Serge tomó conciencia entonces de “lo solos que estábamos en esa ciudad que parecía feliz”. Luego recordaría:
Que la pena pueda pasar y que se siga viviendo después, fue para mí un gran asombro. Sobrevivir es la cosa desconcertante entre todas... ¿Por qué sobrevivir si no es para aquellos que no sobreviven? Los muertos para mí están muy cerca de los vivos, no discierno bien la frontera que los separa.
Con el cadáver a cuestas y convertido en anarquista pasará a Francia, donde a pesar de sus ideas no puede desoir el llamado de la revolución rusa. ¿Inconscientemente regresa a los orígenes? Quién sabe. Lo seguro es su compromiso sin reservas con el faro que ilumina al mundo y que pronto proyecta las más oscuras sombras, negándose a sí mismo. Cercano a Trotsky cuando el trosquismo no existe ni como palabra, una purga lo envía a Siberia. Escapa, alcanza Francia de nuevo sólo para toparse con la invasión de la Alemania nazi y hoy se pierde entre la fiesta de La Alameda mexicana.
SIGUE
SIGUE
No falta mucho para que un poeta de La Martínica salga huyendo de la “Europa toda llena de gritos”, para encontrar el refugio de su país en miseria. Atrás queda un montón de gente como él, gritando contra la locura:
Como una peonía de corola arrancada,
miro el árbol gigante con asombro:
Veo un hombre pender de cada rama...
Sobre el mapa, el Espíritu del Mal está inclinado,
mordido en las entrañas de una sed insaciable
de espacio y sangre joven.
“¡Venid!”, aúlla, oscura, la boca del abismo.SIGUE
SIGUE



